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La Filosofia de La Libertad

Puesto on-line: 25th octubre 2006

LA REALIDAD DE LA LIBERTAD

Portrait of Rudolf Steiner 1894

1894

VIII

LOS FACTORES DE LA VIDA

Recapitulemos los resultados de lo expuesto en los capítulos precedentes. El mundo se presenta al hombre como una multiplicidad, como una suma de objetos aislados. El hombre mismo es uno de ellos, un ser entre otros seres. Esta configuración del mundo la designamos sencillamente como lo dado y como percepción, en tanto que no la desarrollamos a través de una actividad consciente sino que simplemente la encontramos. Dentro del mundo de las percepciones nos percibimos a nosotros mismos. Esta autopercepción figuraría simplemente como una entre todas las demás, si del centro de ella no surgiera algo que se muestra capaz de relacionar las percepciones en general, por tanto también la suma de todas las demás percepciones, con la de nuestro propio ser. Este algo que surge ya no es meramente percepción; ni tampoco aparece como lo hacen las percepciones. Se produce por la actividad.

Aparece, en primer lugar vinculado a lo que percibimos como nuestro propio ser. Sin embargo, por su significado interior trasciende al propio ser. Agrega a las percepciones individuales determinaciones ideales que están, sin embargo, relacionadas recíprocamente, que están basadas en un todo. Lo que obtiene por la percepción de sí mismo lo determina idéicamente de la misma manera que a todas las demás percepciones y lo sitúa como sujeto, o como “Yo”, frente a los objetos. Este algo es el pensar, y las determinaciones ideales son los conceptos y las ideas. El pensar, por tanto, se manifiesta en primer lugar en la percepción del Yo; pero no es meramente subjetivo, puesto que el Yo se designa a sí mismo como sujeto solamente por el pensar. Esta relación mental con uno mismo es una determinación vital de nuestra personalidad. Por ella llevamos una existencia puramente ideal. Por ella nos vivenciamos como seres pensantes. Esta determinación vital quedará como puramente conceptual (lógica), si no se presentaran otras determinaciones de nuestro Yo. Seríamos seres cuya vida se limitaría a establecer relaciones puramente ideales entre las diversas percepciones, y entre éstas y nosotros mismos. Si a la elaboración de estas relaciones mentales la llamamos conocimiento, y al estado que nuestro Yo logra a través de él lo llamamos saber, tendríamos que considerarnos, de acuerdo con la suposición anterior, como seres que meramente conocen o saben.

Este supuesto, sin embargo, no viene al caso. Relacionamos las percepciones con nosotros mismos; no sólo de forma ideal, por medio de conceptos, sino también por el sentir, como ya hemos visto. No somos, por lo tanto, seres con un contenido vital meramente conceptual. El realista ingenuo ve incluso en la vida del sentir un elemento de la personalidad más real que el puramente ideal del saber. Y desde su punto de vista tiene razón cuando interpreta la cuestión de esta manera. En principio, el sentimiento corresponde a lo subjetivo, exactamente lo mismo que la percepción a lo objetivo. De acuerdo con el principio del realismo ingenuo, de que todo lo que se puede percibir es real, se deduce que el sentimiento es la garantía de la realidad de la propia personalidad. No obstante, el monismo, tal como aquí se entiende, tiene que otorgar al sentimiento el mismo complemento que estima necesario para la percepción si quiere presentarlo como realidad total. Para este monismo el sentimiento es una realidad incompleta que, en la forma original en que se nos presenta, todavía no contiene su segundo factor, el concepto o idea. Por esta razón el sentir aparece siempre en la vida, al igual que la percepción, antes que el conocimiento. Nos sentimos primero como seres que existen, y sólo en el curso de nuestro paulatino desarrollo logramos llegar al punto en el que, desde el sentir impreciso de nuestra propia existencia, surge el concepto de nuestro Yo. Lo que para nosotros sólo aparece más tarde, se halla originalmente unido de forma inseparable con el sentir. Debido a esta circunstancia, el hombre ingenuo llega a creer que en el sentir se le presenta la existencia de manera directa, mientras que en el saber sólo indirectamente. Por lo tanto, el desarrollo de la vida afectiva le parecerá lo más importante. Sólo creerá haber aprehendido la cohesión del mundo, cuando la haya captado con el sentir. Tratará de hacer del sentir, no del saber, instrumento del conocimiento. Como el sentir es algo enteramente individual, algo equivalente a la percepción, el filósofo del sentimiento eleva a principio universal un principio que sólo tienen significado dentro de su personalidad. Intenta impregnar al mundo entero con su propio ser. Lo que, el monismo al que nos referimos, aspira a captar en concepto, el filósofo del sentimiento trata de alcanzarlo con el sentir y considera que su vinculación con los objetos es la más directa.

La tendencia aquí descrita, la filosofía del sentimiento, se suele llamar misticismo. El error de una concepción mística basada únicamente en el sentir consiste en que quiere vivir lo que debería saber, y que quiere dar al sentir, que es individual, carácter universal.

El sentir es un acto puramente individual, el vínculo del mundo exterior con nuestro sujeto, en tanto que esta vinculación encuentra su expresión en una experiencia puramente subjetiva.

Existe todavía otra manifestación de la personalidad humana. El Yo, a través de su pensar, participa de la vida del mundo en general. Por medio de éste relaciona, de manera puramente ideal, las percepciones del mundo consigo mismo y a sí mismo con ellas. Por el sentir el Yo experimenta la relación de los objetos con su sujeto; en la voluntad sucede lo contrario. En la volición nos encontramos igualmente con una percepción, a saber, la de la relación individual de nuestro Yo con lo que es objetivo. Todo lo que en la volición no es un factor puramente ideal, es mero objeto de percepción, como sucede con cualquier objeto del mundo exterior.

Sin embargo, el realismo ingenuo creerá tener ante sí algo mucho más real que lo que se puede alcanzar con el pensar. Verá en la voluntad un elemento en el que percibe de manera inmediata un proceso, un principio, en contraste con el pensar que sólo capta el suceso en conceptos. Lo que el Yo realiza mediante su voluntad constituye para esta concepción un proceso que se experimenta de forma inmediata. El seguidor de esta filosofía cree que por la volición alcanza un punto de apoyo en el del devenir del mundo. Mientras que por la percepción sólo puede seguir los demás sucesos desde fuera, cree poder experimentar en su voluntad un hecho real de forma inmediata. La manera en que la voluntad surge dentro del Yo se convierte para él en un principio absoluto de la realidad. Su propia voluntad se le presenta como un caso especial del devenir del mundo en general; y éste, por lo tanto, como voluntad universal. La voluntad se eleva a principio universal, lo mismo que en el misticismo del sentimiento éste se convierte en principio del conocimiento. Esta concepción es la filosofía de la voluntad (Telismus). Convierte en factor constitutivo del mundo lo que sólo se experimenta individualmente.

Ni el misticismo del sentimiento, ni la filosofía de la voluntad pueden llamarse ciencia, pues ambas afirman que la comprensión conceptual del mundo no es suficiente. Exigen, junto al principio ideal del ser, un principio real. Y esto con cierto derecho. Pero como para la aprehensión de los llamados principios reales solamente tenemos la percepción, la afirmación, tanto del misticismo del sentimiento, como de la filosofía de la voluntad, equivalen a la siguiente opinión: tenemos dos fuentes de conocimiento, la del pensar y la de la percepción, presentándose esta última como experiencia individual en el sentir y en la voluntad. Y como lo que emana de una de las fuentes, las experiencias, no puede ser asimilado directamente, según esta concepción, por la otra, es decir, por el pensar, estas dos formas de conocimiento, percepción y pensar, quedan una junto a la otra sin mediación superior alguna. Se piensa que además del principio ideal asequible al saber, ha de existir un principio real del mundo no aprehensible por el pensar. Con otras palabras: el misticismo del sentimiento y la filosofía de la voluntad son realismo ingenuo, puesto que sostienen que lo que se percibe directamente es real. Incurren además en la inconsistencia, frente al realismo ingenuo original, de establecer una forma determinada de percepción (el sentir o el querer respectivamente), como único medio de conocimiento del ser, lo que sólo sería posible si en general mantuviese como principio que lo percibido es real. Por lo tanto, deberían atribuir igual valor cognoscitivo a la percepción externa.

La filosofía de la voluntad se convierte en realismo metafísico, cuando traslada también a la voluntad aquellas esferas de la existencia en las que no es posible una experiencia directa de ésta, como lo es en el propio sujeto. Presupone, hipotéticamente, un principio fuera del sujeto para el cual la experiencia subjetiva es el único criterio de la realidad. Como realismo metafísico la filosofía de la voluntad queda sujeta a la crítica mencionada en el capítulo precedente, teniendo que superar el elemento contradictorio de todo realismo metafísico, y reconocer que la voluntad es un devenir universal, solamente en tanto que se relaciona de forma ideal con el resto del mundo.

Suplemento a la nueva edición (1918)

La dificultad de captar la esencia del pensar por medio de la observación estriba en que esta esencia escapa con demasiada facilidad a la observación anímica cuando ésta intenta dirigir su atención hacia aquélla.

Así le queda únicamente lo abstracto sin vida, los cadáveres del pensar vivo. Si sólo vemos este elemento abstracto, nos veremos fácilmente inducidos a entrar en el elemento “lleno de vida” del misticismo del sentimiento, o incluso en el de la metafísica de la voluntad.

Encontraremos entonces extraño que alguien intente aprehender la esencia de la realidad con “meros pensamientos”. Pero si logramos realmente alcanzar la vida del pensar, llegaremos a la comprensión de que no se pueden comparar la riqueza interior y la experiencia segura, tranquila y a la vez despierta de esta vida, con el mecerse en meros sentimiento o con la contemplación del elemento volitivo, ni mucho menos considerarlos superiores a aquéllos. Precisamente se debe a esta riqueza y a esta plenitud de experiencia interior, que la contraimagen que se presenta en el estado ordinario del alma aparezca muerta, abstracta. Ninguna otra actividad del alma humana se malinterpreta tan fácilmente como el pensar. El querer y el sentir vuelven a dar calor al alma humana incluso cuando recuerda lo ya vivido. El recuerdo del pensar nos deja fríos; parece secar la vida del alma. Sin embargo, esto no es más que la intensa proyección de la sombra de su realidad transida de luz, con que penetra cálidamente en los fenómenos del mundo. Esta penetración se realiza con una fuerza que fluye de la misma actividad del pensar, y que es la fuerza del amor en forma espiritual. No puede objetarse que quien incluye el amor en la actividad del pensar introduce en ella un sentimiento, el amor. Pues en verdad esta objeción confirma lo que hemos expuesto. De hecho, quien se entregue al pensar en su esencia, encontrará en él tanto el sentimiento como la voluntad en su más profunda realidad; quien se aparte del pensar y se incline solamente hacia el “mero” sentir y querer, pierde, con ellos, la verdadera realidad. Quien se proponga vivenciar el pensar intuitivamente, experimentará correcta y justamente el sentir y la voluntad; pero el misticismo del sentimiento y la metafísica de la voluntad no pueden estar justificados frente a penetración de la existencia por el pensar intuitivo. Estas concepciones juzgarán como excesiva ligereza que son ellas las que se basan en la realidad, y que el pensador intuitivo se forma, de manera insensible e irreal, mediante “pensamientos abstractos”, una imagen fría del mundo.




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